En el malecón de La Habana, contemplar el mar se ha convertido en una forma discreta de resistencia. En medio de apagones persistentes, falta de combustible y crecientes tensiones geopolíticas, la isla vive uno de los periodos más frágiles de las últimas décadas. Para muchos, la esperanza aún asoma —o se pierde— en el horizonte.
Hace años, muchas familias cubanas acostumbraban recorrer en automóvil el trayecto hasta el malecón de La Habana para contemplar los barcos que entraban a la bahía. Aquella escena, repetida generación tras generación, simbolizaba conexión con el exterior y una sensación de calma frente a la inmensidad del mar. Hoy, quienes mantienen esa costumbre lo hacen caminando durante kilómetros, en medio de la escasez de transporte y combustible. El muro frente al mar continúa allí, pero el contexto que lo rodea ha cambiado radicalmente.
La crisis energética que afecta a Cuba desde hace más de un año se ha profundizado tras nuevas medidas de presión adoptadas por la administración de Donald Trump. La combinación de sanciones, restricciones comerciales y el debilitamiento de alianzas estratégicas ha reducido de forma significativa el suministro de petróleo a la isla, impactando de manera directa en la vida cotidiana. Apagones que superan las 20 horas diarias, transporte público intermitente y dificultades en hospitales, fábricas y universidades forman parte de una realidad que muchos describen como insostenible.
Tensión económica y desconexión energética
Uno de los momentos decisivos recientes ocurrió cuando se interrumpió el suministro habitual de crudo procedente de Venezuela, socio energético histórico de La Habana. La captura de Nicolás Maduro en enero durante un operativo estadounidense dejó a Cuba sin su principal fuente petrolera en un instante especialmente crítico. A ello se añadió la promulgación de un decreto firmado por Trump que permite imponer aranceles a los países que envíen petróleo a la isla, bajo el argumento de que supone una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos.
Desde Washington se ha reiterado que la meta consiste en impulsar transformaciones políticas dentro de la isla. La portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, señaló en febrero que el gobierno cubano vive un momento decisivo y que la administración estadounidense prioriza una vía diplomática, aunque continúa utilizando la presión económica como instrumento central. Varios analistas sostienen que dicha estrategia pretende erosionar al gobierno de Miguel Díaz-Canel hasta propiciar un cambio interno.
En La Habana, las autoridades han rechazado las nuevas medidas y han reiterado que están dispuestas a dialogar “sin presiones”. La propuesta oficial plantea tratar asuntos como migración, combate al narcotráfico, terrorismo, lavado de dinero y colaboración ambiental, aunque omite cualquier referencia a reformas estructurales del sistema político. No obstante, el margen de acción parece reducido frente al creciente endurecimiento del contexto internacional.
México y el equilibrio diplomático
En medio de un panorama complicado, México ha procurado sostener una actitud de respaldo humanitario hacia la isla. Dos buques de la Armada mexicana llegaron hace poco con víveres y artículos de higiene, un gesto que el gobierno de Claudia Sheinbaum presentó como muestra de una solidaridad de larga data. Sin embargo, incluso quienes valoran este apoyo admiten que resulta limitado ante la envergadura de la crisis económica y energética.
La posición mexicana no está exenta de riesgos. Estados Unidos es su principal socio comercial y ambos países comparten una extensa frontera. Además, se aproxima la revisión del tratado comercial trilateral conocido como T-MEC. Trump ha cuestionado públicamente los beneficios del acuerdo y ha sugerido posibles cambios o incluso su retiro. En este contexto, el respaldo a Cuba podría generar tensiones adicionales.
La presidenta mexicana ha reafirmado su postura al señalar que México fue el único país que se abstuvo de votar en 1962 sobre la expulsión de Cuba de la Organización de los Estados Americanos, una alusión histórica que destaca una política exterior centrada en la no intervención y la cooperación regional, incluso cuando mantener el balance diplomático se vuelve especialmente desafiante.
Cortes de energía que interrumpen la rutina diaria
Mientras los gobiernos intercambian declaraciones, la realidad en las calles de La Habana es marcada por la intermitencia eléctrica. La falta de combustible limita la generación de energía, y los cortes prolongados obligan a reorganizar cada aspecto de la rutina diaria. Cuando la electricidad llega, a menudo en horas de la madrugada, las familias intentan concentrar en pocos minutos tareas esenciales: lavar ropa, conservar alimentos, cargar dispositivos y planchar.
La incertidumbre se ha integrado en la rutina diaria, y la escasez repercute no solo en la movilidad y la producción industrial, sino también en la preservación de medicamentos, el desempeño de equipos hospitalarios y las labores académicas; en medio de este escenario, el malecón cobra un renovado valor simbólico al funcionar como punto de encuentro y, al mismo tiempo, como lugar de espera.
El horizonte concebido como una metáfora
Para muchos cubanos, observar el mar sigue siendo un acto cargado de significado. Ernesto Fundora, cineasta radicado en México, describe la experiencia como una forma de contrarrestar la sensación de aislamiento. En una isla que ha atravesado décadas de tensiones con Washington, cada barco que aparece en la bahía puede interpretarse como señal de alivio o reconocimiento internacional.
La memoria colectiva evoca ocasiones en que el horizonte ofreció señales prometedoras; en diciembre de 2014, el entonces presidente Barack Obama comunicó el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba. A lo largo de ese periodo, conocido como el “deshielo”, cruceros procedentes de Estados Unidos empezaron a atracar en La Habana, impulsando un movimiento turístico sin precedentes y despertando expectativas de apertura económica. Aquella imagen contrastaba con otros capítulos históricos marcados por una carga mucho más dramática.
En 1994, en pleno “período especial” tras la caída de la Unión Soviética, el malecón fue escenario de protestas masivas y punto de partida de un éxodo marítimo hacia Florida. Miles de personas se lanzaron al mar en balsas improvisadas, en uno de los capítulos más críticos de la migración cubana contemporánea. Aquel momento dejó una huella profunda en la relación bilateral y en la memoria social de la isla.
¿Un nuevo éxodo?
Ante la crisis actual, vuelve a plantearse de forma inevitable la duda sobre si podría producirse un nuevo éxodo migratorio de gran escala. Varios analistas juzgan poco probable que el gobierno cubano recurra hoy a una táctica semejante a la de 1994, especialmente con Trump de nuevo en la Casa Blanca. Una acción de tal envergadura podría ser vista por Washington como una provocación directa y dar pie a respuestas más estrictas.
La dinámica geopolítica también experimenta transformaciones. En tiempos pasados, cuando aumentaban las tensiones entre Moscú y Washington, la llegada de buques rusos a las aguas cubanas solía funcionar como un gesto simbólico de apoyo. En junio de 2024, un submarino nuclear procedente de Rusia arribó a La Habana en medio de roces relacionados con la guerra en Ucrania. No obstante, en la coyuntura actual, el respaldo de Vladimir Putin parece quedar reducido a declaraciones diplomáticas, sin un despliegue visible que recuerde el de décadas previas.
La referencia histórica a la crisis de los misiles de 1962, cuando la confrontación entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética colocó al mundo al filo de una guerra nuclear, surge reiteradamente en el análisis actual. Sin embargo, el escenario internacional ha cambiado y los instrumentos de presión se han desplazado hacia dinámicas económicas y financieras.
Una nación que transita entre la resiliencia y la incertidumbre
Cuba enfrenta hoy un escenario donde confluyen factores internos y externos: limitaciones estructurales, dependencia energética, sanciones internacionales y cambios en el tablero geopolítico. La falta de combustible no es solo un problema logístico, sino un síntoma de vulnerabilidad económica.
En este panorama, la imagen de ciudadanos sentados en el malecón mirando el horizonte sintetiza un estado de ánimo colectivo. El muro, que alguna vez fue punto de encuentro romántico y turístico, se ha convertido en espacio de reflexión y espera. El mar continúa extendiéndose sin límites visibles, pero los barcos no siempre aparecen.
El porvenir inmediato sigue siendo incierto; las gestiones diplomáticas avanzan con parsimonia, la asistencia humanitaria aparece de manera esporádica y la presión económica continúa. En paralelo, la vida diaria se desarrolla entre cortes de energía y constantes intentos por sobrellevar la escasez.
La historia de Cuba se ha definido por etapas de tensión y reconciliación con Estados Unidos, por alianzas que han variado con el tiempo y por una destacada capacidad de resistencia social. Hoy, la isla vuelve a encontrarse en un momento decisivo. Si el futuro ofrecerá alivio o presentará obstáculos adicionales sigue siendo una incógnita. Mientras tanto, el malecón continúa convirtiéndose en el lugar donde esa expectativa cobra forma cada atardecer, cuando el sol desciende sobre el Caribe y la mirada colectiva intenta descubrir, una vez más, alguna señal en el horizonte marino.
